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TAN LEJOS, TAN CERCA


Nunca antes la industria audiovisual había estado tan lejos y tan cerca de todo. En medio de esta peculiar cuarentena que la vida nos ha impuesto, la demanda y consumo de contenidos se ha disparado meteóricamente, pero la producción se ha visto prácticamente paralizada por las restricciones impuestas, de manera acertada, por gobiernos y autoridades sanitarias.





No es ninguna novedad que el arte se convierta en refugio para la ansiedad, mecanismo de evasión o herramienta para la reflexión, en circunstancias difíciles, individuales y colectivas. Recordemos la Gran Depresión, por ejemplo: más de diez años de crisis iniciados en los Estados Unidos, en 1929, que devastaron la economía del planeta. Durante este periodo floreció la industria cinematográfica, que por un lado llevó a las pantallas una cantidad enorme de títulos, inolvidables, caracterizados por su aguda crítica social; y por el otro, películas que buscaban, abiertamente, entretener, aliviar y generar optimismo, frente a las realidades de un futuro incierto.


A nivel temático, la industria audiovisual se debate hoy, en épocas de COVID-19, entre los mismos dos frentes: el entretenimiento y la reflexión, apostándole también a desarrollar, en algunos casos, interesantes productos que combinen ambos propósitos. Sin embargo, esta pandemia nos presenta nuevos retos, sin precedentes para la industria, originados en la necesidad de distanciamiento social. ¿Qué tipo de historias podemos o debemos contar? ¿Cómo hacemos una escena romántica? ¿Cuántas personas pueden estar en un set? ¿Cómo colocamos un micrófono o maquillamos a un actor? ¿Volverán las personas a las salas de cine?. Las preguntas son muchas, las respuestas insuficientes aún y el destino de nuestra industria, está en construcción.


En mi opinión, todas las películas y series que se han estrenado este año, inclusive las que se estrenen en los próximos meses, son piezas de época. Hablan de un mundo que ya no existe, de unas relaciones interpersonales que jamás volverán a funcionar de la misma manera, de unas ciudades cuyos espacios públicos serán transformados y de unas tecnologías que se convertirán, rápidamente, en piezas de museo. Por supuesto, la condición humana será la misma, aquella que nos acompaña desde tiempos inmemoriales, pero la sola ausencia de un tapabocas en una escena, se verá tan extraña y ajena como la presencia de un teléfono de disco en la sala de una casa.


Los países más desarrollados e inclusive, la mayoría de los países en vías de desarrollo, están preparando nuevos protocolos de funcionamiento para todas sus industrias y la nuestra no es excepción. Sobreviviremos, con toda certeza, porque hay demanda y donde hay demanda, hay oferta. Sin embargo, es urgente asumir que estamos en una etapa de transición y que todo cambiará para siempre. De no ser así, nos puede pasar como a esos directores y críticos que se opusieron al cine sonoro, porque “trastornaba la principal virtud estética del cine mudo”; o como a algunos actores y actrices que sufrieron un doloroso rechazo porque, para el público, sus voces no encajaban con su imagen. La industria audiovisual, tal como la conocíamos, se acabó. Somos testigos y protagonistas de una reinvención, de un renacimiento, y algunas cosas, seguramente, volverán a ser como antes, pero no esperemos neciamente que una vacuna retroceda el tiempo.


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